Ifigenia: De cómo una tragedia se convirtió en novela

Conferencia que será presentada en UNEARTE Plaza Morelos, en el 2017, para la Cátedra Libre de Teatro Venezolano José Gabriel Núñez

 

La novela es un género literario tardío. De hecho, el más tardío de todos. Los Ensayos de Montaigne aparecieron en 1580, mientras que Cervantes publicó El ingenioso hidalgo Don Quijote de Mancha en 1605, la primera novela en la que se aprecian las características que en la actualidad atribuimos a este tipo de obras; por ejemplo, una estructura episódica con un propósito unitario.

Se dice que la primera clasificación de los géneros literarios la hizo Aristóteles, quien habla de tres: épica, lírica y dramática –que incluye la tragedia y la comedia–, lo cual es correcto; pero se añade que hoy se mantiene esencialmente la misma clasificación con distintos nombres: narrativa –que incluye cuentos y novelas–, poesía y teatro, lo cual es bastante incorrecto. No me refiero a que hayan aparecido otros géneros que no existían en la antigüedad –por ejemplo, lo que se conoce como género didáctico, que incluye la crítica y el ensayo– pues esto es ampliamente aceptado, sino a que al decir que es “la misma clasificación con distintos nombres” se deja entender que son, si no lo mismo, casi lo mismo, épica y narrativa, lírica y poesía, dramática y teatro, igualdad que, ciertamente, no va mucho más allá de una correspondencia de forma, pero no de fondo.

Así, en nuestros días suele entenderse por poesía un texto que expresa el mundo subjetivo del autor, sus emociones y sentimientos, o una profunda reflexión. Una muestra de ello es el Canto fúnebre que el poeta venezolano José Antonio Maitín dedica a su esposa fallecida. A continuación, parte de este poema:

Paréceme que entonces
todo en la tierra a mi dolor responde.
La luna compasiva
sus resplandores a mi vista esconde.
De la palmera altiva
las ramas descolgantes languidecen
y las espigas tiernas
ya en confuso rumor no se estremecen.
El aura, sin aliento,
en torno no retoza de las hojas
que se inclinan en triste desaliento.
En la naciente hierba
que la penumbra oculta
no relucen las gotas del rocío.
Escucho a una distancia
entre su lecho sollozar el río;
y el ruido quejumbroso,
cual lánguida fatiga,
que forma al deslizarse su onda clara,
paréceme el adiós de un alma amiga
que de mí para siempre se separa (Canto fúnebre, XIV).

En contraste, la lírica que conoció Aristóteles le cantaba a valores universales. Por ejemplo, las odas de Píndaro –cantos en honor de atletas vencedores– suelen utilizar la victoria deportiva como punto de partida para loar la victoria de lo Bello y lo Bueno sobre la mediocridad. Uno de estos cantos dice:

Hay quienes piden oro y otros, tierras ilimitadas,
yo pido deleitar a mis conciudadanos,
hasta que la tierra cubra mis huesos- un hombre
que alabó lo digno de elogio
y sembró la acusación contra los malvados.
Pero la excelencia humana
crece como una vid,
nutrida del fresco rocío
y alzada al húmedo cielo
entre los hombres sabios y justos.
Necesitamos cosas muy diversas de aquellos a quienes amamos,
sobre todo, en el infortunio, aunque también el gozo
busca unos ojos en los que confiar (Nemea, VIII).

F6.1Artemis
Sacrificio de Ifigenia. Fresco de Pompeya

También la dramaturgia de nuestros días, en lo esencial, es distinta de la griega. Según Aristóteles, una de las características de la tragedia es el cambio de fortuna de personajes en la escena, bien sea de la dicha al infortunio —como en Antígona, Edipo rey, Medea, Las bacantes—o, al contrario, del infortunio a la dicha –como en algunas de las tragedias que han quedado: Ifigenia entre los tauros finaliza con un nuevo orden; Filoctetes, con la gloria del héroe; Las suplicantes de Eurípides, con un pacto entre ciudades; Helena, con un feliz reencuentro; Orestes, en reconciliación— (Poética, 7, 13, 14); cambio que no es producto ni de la maldad ni del azar, sino de decisiones provenientes de desaciertos o aciertos en la apreciación de una situación; es decir, supone una reflexión para la acción que da forma a un destino que se reconoce como propio; en otras palabras, implica una transformación. Como se observa, tragedia no habría sido en Atenas sinónimo de desdicha, desventura, infelicidad, desamparo, miseria, maldición, castigo, catástrofe, calamidad, plaga, ruina, como ocurre ahora, sino de acción. Aristóteles la definía como mimesis de una praxis, imitación de una acción (Poética, 6). Son pocas las obras que en la actualidad se escriben así, pero las hay.

Finalmente, la Ilíada, el texto épico por antonomasia, no es una obra de ficción o parcial y veladamente autobiográfico, como ocurre con muchas novelas. Fue escrita o recopilada por un único autor, que la tradición llama Homero, quien habría vivido siglos después de los hechos que relata, que serían eso, sucesos reales. Aunque por mucho tiempo se dudó de su existencia, Troya existió, como lo demuestran las excavaciones realizadas en 1871 por Heinrich Schliemann en la costa mediterránea de la actual Turquía, sitio arqueológico que en 1998 fue declarado Patrimonio de la Humanidad. Con relación a la guerra, la evidencia no es tan contundente, pero todo indica que en efecto ocurrió, de modo que la obra sería una interpretación artística de ese gran acontecimiento.

Pero hay otra diferencia más importante. Suele entenderse por novela una narración en prosa, de extensión variable, con un argumento más desarrollado que el del cuento. Y, a diferencia de lo que sucede con el cuento, se le da importancia, no sólo a lo que ocurre a los personajes, sino también a lo que piensan y sienten, a cómo evolucionan espiritualmente y a cómo influye en ellos la sociedad donde viven. Por ello, se afirma que en la novela ha habido un gradual acercamiento a los aspectos más íntimos de la experiencia, tal como ha ocurrido en la poesía. En conclusión, la novela es un género subjetivo frente a la objetividad de la épica, o en palabras de Goethe (Maximen und Reflexionen, citado por Varela Jácome, 1967): “La novela es una epopeya subjetiva en la cual el escritor se toma la libertad de pintar el universo a su manera”. Para mí, la novela es el género literario más característico de la Edad Moderna, donde el hombre se centró en sí mismo.

La niñita de Piedra Azul por Alfonso Márquez Ceballos
La niñita de Piedra Azul, por Alfonso Márquez Ceballos

Cuando a comienzos de los años 1920 Teresa de la Parra se encierra unos meses en una casita de Macuto, tenía en mente terminar de escribir una novela. Inicialmente la tituló Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, pero después esta frase se convirtió en el subtítulo de la obra que llamó Ifigenia. Según escribe en una carta a Miguel de Unamuno, este fue el nombre “primitivo” de la novela, que perdió cuando fue editada en fragmentos, identificada solo con el subtítulo (De la Parra, 1982: 563), pero que fue rescatado más adelante, gracias a la sugerencia del crítico francés Francis de Miomandre –que también le propuso la declamatoria parte final—, quien consideraba que el título original era “demasiado modesto” y no encerraba los elementos más importantes (p. 3). En efecto, era imprescindible señalar que la obra partía de la épica y la tragedia.

En la Ilíada, Ifigenia es solamente la hija de Clitemnestra y Agamenón, el rey de Micenas que dirige la guerra contra Troya. Pero en dos de sus tragedias, Eurípides nos dice más. En Ifigenia en Áulide cuenta que cuando las fuerzas griegas se preparaban para zarpar de Áulide a Troya, un fuerte viento retuvo a los navíos en el puerto. Un oráculo reveló que sólo se producirían vientos favorables si Ifigenia era sacrificada en honor a Artemisa, diosa de la inocencia. Al principio, la joven se niega, pero finalmente acepta su destino. Sin embargo, Artemisa impide el sacrificio, sustituyendo a Ifigenia por una cierva, y trasladándola al país de los tauros.

En Ifigenia en Táuride, Ifigenia aparece convertida en sacerdotisa del templo de Artemisa, encargada de iniciar los ritos de los sacrificios humanos a los que se sometía a cualquier griego que llegase al país. Por otro lado, su hermano Orestes había matado a su madre Clitemnestra como venganza por el asesinato de su padre Agamenón y había sido absuelto en el juicio en el que era acusado del crimen, pero a pesar de todo se hallaba perseguido por las Erinias. Otro oráculo había dicho que, para evitar la persecución, debía dirigirse al país de los tauros y traer a Grecia la estatua de Artemisa. Los hermanos se reencuentran y deciden escapar. Atenea, la diosa civil, aparece y ordena al rey de los tauros que los deje partir. A Orestes le ordena que cuando llegue a su tierra edifique un templo para la estatua de Artemisa. Ifigenia, pues, es el mito del tránsito de la inocencia –y también de la barbarie– a la civilización.

Dibujo por Gastón
Dibujo de Teresa de la Parra, por Gastón

La Ifigenia de Teresa de la Parra la protagoniza una mujer de unos 18 años, María Eugenia Alonso, quien recién ha vuelto a Caracas después de una larga estadía en Europa. Pronto descubre que ya no tiene herencia, así que tiene que vivir en la casa de su abuela y buscarse un buen matrimonio. Por ello, un momento crucial es cuando María Eugenia descubre que su tío le ha robado la hacienda. En Ifigenia de Áulide, cuando la heroína comprende que será la víctima de un sacrificio, ruega encarecidamente por su vida:

Si tuviera la elocuencia de Orfeo, ¡oh padre! y si cantando pudiera persuadir a las rocas a seguirme y enternecer con mis palabras a quien quisiese, recurriría a ella; pero por toda elocuencia te ofreceré mis lágrimas, pues solo puedo eso. A tus rodillas pongo, como una rama de suplicantes, mi cuerpo, al que ha parido para ti esta mujer. ¡No me mates antes de tiempo, que es dulce ver la luz! ¡No me fuerces a ver las cosas que hay bajo la tierra! (Ifigenia en Áulide, 1210-1220)

Pero María Eugenia no es la heroína de una tragedia sino la protagonista de una novela, de modo que su reacción es distinta. Fue en un seminario dictado por León Febres-Cordero –ensayista y dramaturgo venezolano, autor de tragedias–, titulado Las tres Ifigenias, cuando nos comentó lo que denominó “un hallazgo literario-arqueológico”, el momento en que Teresa de la Parra decide escribir una novela llamada Ifigenia y no una tragedia. La escena tiene lugar un sábado, en medio de una conversación familiar:

Mirando las matas del patio, descansaba con fruición de la doble fatiga moral y material ocasionada por el arreglo de mi cuarto, reflexionando al mismo tiempo cuál sería la manera más eficaz de desviar el curso de aquella conversación que me aburría. De pronto dije atropellando resueltamente la interesante historia:
—Oye, tío Pancho, quiero comunicarte un proyecto; ¡vamos a ir de paseo a Los Mecedores, los dos; hoy, mañana, pasado, cuando a ti te parezca! Me siento romántica. Tengo unos deseos inmensos de presenciar un crepúsculo acostada sobre la hierba, en pleno aire, mirando desde abajo la copa de los árboles y, detrás de los árboles, el cielo; ¡deseo muchísimo ver otra vez Los Mecedores! Recuerdo que cuando chiquita me llevaban allí a hacer ejercicio y me gustaba mucho. Tomábamos el tranvía y llegábamos cerca de una iglesia que se llamaba… ¿cómo era?…
—La Pastora.
—Eso es. ¡Pues vamos a ir un día a Los Mecedores, los dos!… ¡Ah! y a propósito, Abuelita, ¿cuándo vamos a la hacienda de papá, a San Nicolás?… ¿Es tío Eduardo quien la administra siempre, verdad?…
Aquella pregunta, que había sido hecha con entera naturalidad y alegría, se quedó durante un rato como suspendida en el espacio, y hubo un silencio, Cristina, un silencio intenso y trágico durante el cual Abuelita y tía Clara, sin levantar la cabeza de la costura, levantaron la vista y se miraron un instante por encima de los ojos redondos de sus respectivos lentes. Luego, volvieron a la costura, y fue entonces cuando Abuelita, cosiendo y sin mirarme, se decidió a hablar en un tono muy dulce y conmovido:
—San Nicolás es de Eduardo, mi hija.
Y esto lo dijo con la misma compasión con que se le habla a los niños muy pobres cuando quieren comprar en las tiendas un juguete de lujo. Después de la frase compasiva y breve, hubo otro silencio mucho más largo, más intenso y más trágico que el anterior. Era el silencio horrible de la revelación. Envuelta en la voz de Abuelita, la verdad se había presentado a mi espíritu tan clara y terminante que no pedí ninguna explicación, ni hice ningún comentario. Comprendí que debía ser irremediable y decidí aceptarla desde el principio con valentía y con altivez. Sin embargo, Cristina, las consecuencias que surgían en tropel de aquella revelación eran demasiado enormes para que yo me las viese al momento y para que su vista no desencadenase en mi alma una horrible tempestad interior. ¡San Nicolás era de tío Eduardo! No sabía cómo, ni por qué, pero ¡era de tío Eduardo! por lo tanto, yo, que me creía rica, yo, que había aprendido a gastar con la misma naturalidad con que se respira o se anda, no tenía nada en el mundo, nada, fuera de la protección severa de Abuelita, que se inclinaba ahora sacando la aguja por entre las hebras del pañuelo de seda, y fuera del cariño jovial de tío Pancho, que también callaba enigmático recostado en la mecedora, apretando entre los dientes el tabaco encendido y oloroso… Con mis ojos espantados les miré a los dos y seguí luego contemplando interiormente la horrible noticia que se abría de golpe ante mi porvenir, como una ventana sobre una noche lúgubre: ¡la pobreza!…

Escultura por Carmen Cecilia Caballero de Blanch
Escultura de Teresa de la Parra en Parque Los Caobos, por Carmen Cecilia Caballero de Blanch

Dos veces ha calificado Teresa de la Parra al silencio como intenso y trágico –las negrillas son mías–, ella, que como virtuosa escritora, utiliza los adjetivos sin excesos y con precisión. Sabe que en las tragedias este es el momento de actuar, pero no se decide. María Eugenia sigue analizando su situación hasta que al fin dice:

Para poder disimular y contener las lágrimas, empecé por bajar los ojos y clavarlos en el suelo. Allí, me di a contemplar fijos sobre el mosaico los zapatos de Abuelita, tía Clara y tío Pancho. No sé por qué me pareció que aquellos zapatos tenían una fisonomía especial y que con ella me estaban mirando. Es muy curioso el observar, Cristina, cómo en los momentos de crisis aguda los objetos que nos rodean se animan de vida. Hay veces que parecen hacerse cómplices del mal que nos tortura; otras, por el contrario, nos miran con una intención cariñosa y triste, como si quisieran consolarnos. En aquel instante me pareció que aquellos seis zapatos en sus diversos aspectos o actitudes, tenían todos la expresión uniforme que tienen los públicos. Y era una expresión no sé si de burla o de lástima. Ambas cosas me desagradaban igualmente; pero como quería triunfar de mi emoción, me dije que se burlaban de mí. Juzgué mi situación ridícula. Recordé la mirada de inteligencia que habían cambiado Abuelita y tía Clara por encima de sus lentes. Pensé que si tenía una crisis de llanto, ellas la referirían sin duda a tío Eduardo, me imaginé a tío Eduardo comentándola a su vez con su mujer y sus hijos; y enardecido terriblemente mi orgullo ante esta última imagen, acabé por triunfar de mi gran emoción. Entonces, para asumir al punto una actitud cualquiera, alcé la cabeza, miré a los circunstantes, respiré con violencia, exclamé:
—Ay! ¡qué calor!
Y levantándome del asiento que ocupaba, me senté de un salto con mucha agilidad sobre una mesita o columna dedicada a sostener una de las grandes macetas de palma que en aquel instante tomaba el aire y el sol en el patio; una vez allí, me puse la mano izquierda en la cintura y me di a balancear el pie derecho.

Teresa de la Parra ha descrito un escenario, María Eugenia está frente al público. En este momento, no es protagonista, es heroína. Pero, en lugar de actuar, juzga, recuerda, piensa, imagina –las negrillas son mías–, es decir, se refugia en su mente. Hasta que de un salto se sube a una columna desde donde empezará a mirar con desprecio a los que están abajo. Recuerdo que Febres-Cordero comentó que si un griego viera a María Eugenia allá arriba, diría que de allí ya no se iba a bajar. Y, en efecto, no lo hace en el resto de la novela. No es de extrañar que la señorita esté tan fastidiada.

Al final, María Eugenia se debate entre huir con Gabriel Olmedo, un hombre que comparte su sensibilidad pero es casado, o casarse con César Leal, quien parece ajeno a sus intereses pero le ofrece seguridad. Ante la vista del vestido de novia que lucirá en su boda, siente que, como la doncella del mito, ella se entrega voluntariamente al sacrificio. Pero Ifigenia acepta su destino en paz, comprende que su muerte es necesaria para que los griegos puedan castigar el rapto de Helena, e incluso pide a su madre que no guarde rencor a su padre. María Eugenia, por el contrario, está resentida con César, con Gabriel, con su abuela, con la sociedad, con el mundo entero. Un griego diría que, aunque sea culta, aún es bárbara. No ha encontrado un destino propio pues ni siquiera lo ha buscado, pero le molestan los que ha encontrado por ahí. Para comenzar una nueva vida –en su caso, para fundar una familia que engrandezca su ciudad–, tendría que salirse de la novela y meterse en una tragedia. Yo le escribí una, la llamé María Eugenia. Pero esa es otra historia. Para contárselas, necesitaría otra conferencia, que titularía María Eugenia: De cómo una novela se convirtió en tragedia.

OBRAS CITADAS

Aristóteles. Poética. Trad. A. Cappelletti (1984). Caracas: Monte Ávila Editores.

De la Parra, T. (1982). Obra (Narrativa, ensayos, cartas). Caracas: Biblioteca Ayacucho.

Eurípides. Ifigenia en Áulide. Trad. J. M. Labiano (2000). En Tragedias III (pp. 319- 390). Madrid: Cátedra.

Maitin, José Antonio (2011/1906). Canto fúnebre. En Pedro Arismendi Brito, Parnaso venezolano: selectas composiciones poéticas coleccionadas (pp. 222-236). Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Píndaro. Nemea, VIII. En Martha Nussbaum, La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega (2003/1986, 2a ed., p. 9). Trad. A. Ballesteros. Madrid: Antonio Machado Libros.

Varela Jácome, B. (2000/1967). Renovación de la novela en el siglo XX. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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