Ritos y mitos

Conferencia presentada en Caño Amarillo, el 8 de mayo de 2008, en la III Fiesta de las Artes y la Formación del Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón 

 

Ritos y mitosAsí como, antes de atrevernos a adentrarnos en su sentido, deberíamos empezar por maravillarnos del fenómeno de la creación artística en el caso de que perdiéramos alguna vez tal noción, el fenómeno del culto, que de hecho hemos perdido a excepción de ciertos vestigios antiguos, ha de despertar en nosotros ante todo un profundísimo asombro.

Walter Otto. Dioniso. Mito y culto

Quiero agradecer a los organizadores de la III Fiesta de las Artes y la Formación esta invitación que me permite conversar con jóvenes artistas en la oportunidad en que el Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón, IUESAPAR, le rinde un homenaje al creador venezolano del cual toma su nombre.

Dada las características de este homenaje —donde el IUESAPAR ha programado un concierto de una obra denominada Misa Pagana, a continuación de la cual, al ritmo de cantos y tambores, se declarará a Armando Reverón Patrono de los Artistas Plásticos—, me ha parecido oportuno compartir con ustedes algunas reflexiones acerca de los ritos y su relación con los mitos.

Empecemos por la palabra rito. ¿Qué es un rito? La Real Academia Española dice que es ‘costumbre’ o ‘ceremonia’. Y está muy bien que señale ambos vocablos porque, ciertamente, hacen énfasis distintos. Una costumbre es algo que se repite. Una ceremonia señala no la repetición, aunque no la niega, sino el carácter del acto; se trata de una actividad asociada a algo importante, a algo grande. Sin embargo, hay un aspecto sutil que comparten ‘costumbre’ y ‘ceremonia’: son actividades que realiza una comunidad. Se dirá, claro, que, en tanto individuo, puedo tener ciertas costumbres, por ejemplo la de beber un café en la mañana, pero este no es el uso exacto de la palabra. Y también puedo tener un comportamiento ceremonioso al hacer ciertas cosas, por ejemplo hacer un rito del acto de beber café, pero nuevamente este no es el significado preciso del vocablo.

Tenemos entonces que un rito, en tanto ‘costumbre’, es una actividad repetida que realiza una comunidad. Ahora bien, uno podría preguntarse, ¿por qué se repite? ¿Por imposición de un individuo? ¿Por auto imposición de la comunidad? Desde luego que no. Un rito se repite de manera espontánea; es más, muchas veces se repite a pesar de la prohibición de algún individuo o de las costumbres más generales de la comunidad. Por ello, es mejor decir que un rito, en tanto ‘costumbre’ y ‘ceremonia’, es una actividad repetida que realiza una comunidad, asociada a algo grande. Es decir, enfatizar que el rito está asociado con la grandeza.

Sería muy interesante que una ceremonia que se inicia hoy se repitiera el año entrante. Esto indicaría que la actividad que una comunidad del presente considera importante, recibiría similar consideración en el futuro por una comunidad ligeramente diferente. Más interesante sería que la ceremonia se repitiera a los 2, a los 3, a los 5 años. Mucho más interesante sería que se repitiera por 10, 20, o 100 años, puesto que entonces la comunidad que la celebraría sería totalmente distinta, y semejante énfasis repetitivo hablaría de la grandeza de aquello que instauró la costumbre.

Ahora piensen en una ceremonia cristiana, por ejemplo una boda: el vestido blanco, el velo que cubre el rostro de la novia, la torta que adorna la mesa, el novio alzando en brazos a su amada al entrar a su nuevo hogar; así se viene casando la gente desde hace siglos. Ahora piensen en una ceremonia pagana, por ejemplo en la fiesta de San Juan; en el mundo entero, por miles de años, han sonado tambores a mediados de junio. ¡Cuán grande ha debido ser aquello que dio origen a esos ritos!, ¿no les parece? Pero si le preguntamos a la novia por qué en su boda hay un pastel, tal vez nos diga que en el menú debe figurar algo dulce; y el novio puede asegurarnos que le parece romántico alzar en brazos a la que ya es su esposa. Por otra parte, en la primera estrofa del canto de San Juan de Tarmas, que se celebra aquí mismo, en el Estado Vargas, las mujeres le piden a una tal Juana que abra una puerta, ¿de dónde salió esta Juana, caramba? Más adelante, un hombre le insiste a esa misma Juana que abra la fulana puerta, y le explica además que viene mal herido; es más, que fue herido por su marido. En detalle, las estrofas son las siguientes:

CANTO DE MUJERES

Ábreme la puerta, Juana.
Ábreme la puerta, Juana.
Ábreme la puerta, Juana,
y ábremela, corazón, mi Juan.

Ábremela, corazón.
Ábremela, corazón.
Que si la puerta no se abre
échale un kilo e’jabón, mi Juan.

CANTO DE UN HOMBRE

Ábreme la puerta, Juana.
Ábreme la puerta, Juana.
Ábreme la puerta, Juana,
que yo vengo mal herido.

Que yo vengo mal herido.
Que yo vengo mal herido.
Cuatro puñaladas traigo
que me las dio tu marido.

Estos cantos se escuchan en los primeros minutos de la siguiente grabación (álbum: San Juan ta’vivo, intérpretes: devotos San Juan litoral):


Les recuerdo que éstos son cantos sagrados, es decir, no son arbitrarios, pero, como sospecharán, los cantantes no saben de dónde vienen. Esa música y esa letra estaban allí cuando ellos nacieron, y cuando nacieron sus padres, y cuando nacieron sus abuelos. Los cantos son así, como que debe haber una torta en una boda. Y yo me pregunto, ¿dónde estará la grandeza, ese olvidado elemento que seguramente da cuenta del velo de la novia, del postre de la boda, del gesto del novio, de la misteriosa Juana y de su violento marido?

La utilidad, se dice, es el origen de los antiguos ritos; esto es, el deseo de entrar en contacto con un dios y procurar ejercer cierto influjo sobre él, bien sea para ganarse su simpatía o para conjurar su ira. En otras palabras, la búsqueda de un beneficio. Qué simple, ¿no? Demasiado simple, si se piensa bien, demasiado concordante con nuestra actual, digamos, estructura mental. Pues, ¿qué sabemos nosotros de dioses?, ¿cuál es la experiencia de contacto con lo divino en nuestros días?; o, en otras palabras, ¿hace cuánto no nos topamos con un dios?; o, más fácil, ¿hace cuánto que no participamos en un rito? No digamos instaurarlo, eso es un milagro.

Viendo las cosas con cuidado, si la utilidad fuera el origen de los ritos, eso significaría que cuando un hombre —si hubo alguno que lo hiciera— un buen día se topó con un dios, con la grandeza misma, con la belleza diría un griego, ¿lo que se le ocurrió fue hacer un negocio? “Yo te doy este cordero y tú me das una buena cosecha”. “Yo te degüello este muchachito y tú detienes este aguacero”. Eso no tiene sentido, por muy urgente que fuera la necesidad. En palabras de Otto: “O bien hay que renunciar a afirmar que el hombre llegara a creer jamás en un dios que mereciera tal nombre, o debemos aceptar que la primera reacción a la que se veía impelido debió ser éxtasis, reverencia, veneración y alabanza” (1997: 19).

Repito: éxtasis, reverencia, veneración y alabanza. Justamente elementos de los que están llenas las humildes tradiciones populares —los ritos o cultos— que los devotos realizan año tras año, generación tras generación, aunque no sepan por qué, y tampoco les interese. Nos debe interesar a nosotros, y no en cuanto investigadores, sino en cuanto artistas. Dice Otto:

El culto como un todo pertenece a la categoría de las creaciones monumentales del espíritu humano. Para dilucidarlo desde la perspectiva adecuada, hay que situarlo al lado de la arquitectura, las artes plásticas, la poesía y la música, artes que un día estuvieron al servicio de lo divino. Es una de las grandes lenguas con que la humanidad apela a lo excelso, y que no habla por ningún otro motivo más que porque tiene que hablar. Lo excelso y lo divino no merecerían tal nombre si se limitasen a amedrentar al hombre y a obligarle a hacerse acreedor de su benevolencia. La prueba de la grandeza es la fuerza que despierta. A la percepción de su presencia debe agradecer el hombre lo más alto que ha alcanzado. Y eso más alto es la capacidad de expresarse verbalmente, testimonio del magnífico encuentro mediante el cual la recibió y la desató. Cada revelación abre también el ánimo humano, y la creación es su consecuencia inmediata. El hombre debe expresar lo indecible que ha hecho presa de él. Lo hizo en su día mediante la construcción de los templos que nos han acompañado hasta nuestro siglo, en las monumentales catedrales que poseemos. Pueden denominarse viviendas de lo divino: con tal nombre sólo se abarca una parte irrelevante de su gran significado. Son espejo y reflejo nacido de un espíritu obligado a crear cuando es tocado por el brillo de la grandeza (21).

Quién lo diría, ¿no?, que esos sencillos cultores, que algunos piensan que muy mal cantan, y otros que peor bailan, tan ignorantes, realizan una actividad que pertenece «a la categoría de las creaciones monumentales del espíritu humano». Pero es así. El rito debe colocarse al lado de la arquitectura, las artes plásticas, la poesía, la música y, sobre todo, el habla, en tanto que esas actividades, claro está, muestren éxtasis, reverencia, veneración y alabanza, cosa que, sabemos, hoy en día ocurre poco, pues suelen estar muy lejos de lo divino, como nosotros. Y es por eso que el rito nos resulta tan extraño. Son cantos, bailes, procesiones, apariciones dramáticas inútiles, no como la arquitectura, que construye catedrales pero también puentes y edificios; que no sirven de adorno en iglesias y casas, como una pintura; que ni siquiera tienen la gracia de la hermosura, o al menos no es ese su objetivo, como algunos poemas o algunas piezas musicales, y que no expresan tampoco estados íntimos, lo cual, al parecer, sería de alguna utilidad. El rito, pues, no sirve para nada, y, sin embargo, qué cosas, persiste. ¿Por qué? Otto responde con otra pregunta: “¿Qué mejor alternativa, al tener a los dioses ante ellos que convertirse ellos mismos en monumentos vivos de su ser?” (23).

Esto es un rito entonces: un monumento vivo. Qué raro, ¿no? Mejor dicho, qué asombroso.

Ahora hablemos de la boda. La forma más antigua y solemne de matrimonio romano era el matrimonio per confarreationem. El nombre de confarreatio viene de farreum, que significa «torta de harina». Los contrayentes compartían una torta que era ofrecida a la novia después de realizada la unión de los desposados. Este modo de contraer matrimonio implicaba una gran ceremonia y una serie de condiciones que se tenían que cumplir. Por ejemplo, la ceremonia tenía lugar en presencia de diez testigos, más el gran sacerdote, más el flamen dialis, el sacerdote romano dedicado al culto de Juppiter Optimus Maximus. Los patricios y el propio flamen dialis se casaban según este rito, su esposa era llamada flaminica. El flamen dialis no podía trabajar, ni siquiera ver a gente trabajando, diariamente tenía fiesta y llevaba la fiesta consigo. En general, las cosas que tenía que hacer y las que le estaban prohibidas eran tan extrañas, que no es difícil entender que su vida representa una figura mítica. El rito por el que debía casarse era también la dramatización de episodios míticos, que no se han conservado (Kerényi, 1999a: 107-124).

isis
Isis
Rapto de Oritía por Bóreas
Rapto de Oritía por Bóreas

No obstante, algunos de sus elementos aparecen en otros ritos, lo cual nos permite inferir algún significado. El vestido blanco es el traje de los que se inician en misterios, la torta es una ofrenda a los dioses infernales. Dice Filóstrato: “Los que la visitan [la gruta] van vestidos de blanco y llevan en las manos tortas de miel para aplacar a los reptiles que acometen al que desciende” (citado por Martín, 2005: 85-105). El velo que cubre el rostro de la virgen figura incluso en el mito de la egipcia Isis, tal como se observa en la estatua encontrada en Memphis. El gesto de alzar en brazos a la novia recuerda el rapto de la doncella presente en varios mitos, por ejemplo, en el de la princesa Oritía por el viento Bóreas, que aparece en el diálogo Fedro, de Platón; o en el de Europa, la princesa raptada por Zeus bajo la forma de un toro; o en el de Perséfone por Hades, el rapto más famoso de todos los tiempos.

Ahora les hablaré de la fiesta de San Juan. El mito de Adonis dice lo siguiente:

Mirra se enamoró de su padre; tal vez llegó a pensar que su cabellera era más hermosa que la de Afrodita y la diosa la castigó. Con la complicidad de su niñera, la muchacha se unió a su padre en la oscuridad. Durmió con él varias noches. Cuando gracias a la luz de una lámpara el padre al fin descubrió quien era realmente su pareja, montó en cólera y persiguió a su hija con una espada desenvainada. Mirra, que ya esperaba un hijo, se llenó de vergüenza y rogó a los dioses que no le permitieran estar en ninguna parte: ni entre los vivos ni entre los muertos. Alguna deidad, posiblemente Afrodita, se apiadó de ella y la convirtió en un árbol de mirra, un árbol que llora su fruto en la goma aromática, el fruto de la madera: Adonis, pues de la corteza hendida del árbol nació el dios.

El niño era tan hermoso que Afrodita lo escondió en un cofre y se lo dio a Perséfone para que lo guardara. La reina de inframundo abrió el cofre y, al ver su contenido, ya no lo quiso devolver. La disputa fue resuelta por Zeus o por la Musa Calíope, quien decidió que un tercio del año Adonis viviría donde quisiera, otro tercio lo pasaría con Afrodita y otro tercio con Perséfone. Una versión cuenta que la diosa del amor sedujo a Adonis con la ayuda de su amiga Helena. Ares, celoso, planeó matarlo transformado en toro. Afrodita, advertida de estos planes, intentó convencer a Adonis para que estuviera con ella a todas horas, pero no lo logró. Mientras Adonis estaba de cacería, Ares lo encontró y lo corneó hasta matarlo. Sin embargo, la versión más común es que un jabalí le desgarró el corazón a Adonis antes de que Afrodita lo pudiera realmente poseer (Kerényi, 1999b: 79-80).

Aquí hay elementos presentes en muchos mitos, por ejemplo, el incesto, la necesidad de guardar en secreto un nacimiento divino, la disputa por la joya que se guarda, el tener que permanecer un tercio del año en el inframundo y, desde luego, la muerte de un dios y su resurrección, que aunque no se indica expresamente, está implícita, pues si la muerte de Adonis se conmemoraba una y otra vez, era que también renacía. Los festivales en Asia y Grecia que celebraban el afligido amor de Afrodita se realizaban en verano, es decir, a mediados de junio. En ellos se conmemoraba el día que la diosa se despedía de su joven señor: allí yacía él, herido de muerte, amado y llorado por Afrodita quien en vano lo trataba de retener; al día siguiente se remontaba Adonis por el mar, pero era costumbre decir que estaba vivo. El clímax era ruidoso luto por el dios muerto, que habría de resucitar. Los mujeres en la fiesta de San Juan de Tarmas le dicen al santo: “Despierta, si estas dormido, de ese sueño tan profundo, que te viene a visitar la celosía del mundo”.

‘Mito’ es una palabra aún más difícil de definir que ‘rito’. Heidegger dice que los griegos tenían tres palabras para palabra: épica, logos y mito (2005: 91). ‘Mito’ se referiría entonces a algo que no es épico, que no pasó, y que no tiene ‘logos’, sin lógica; es decir, indica algo que siempre pasa, que también está pasando ahora, y que, por no poder decirse de un modo estructurado, racional, no se termina de decir nunca. Un mito es interminable.

Un mito especialmente perdurable es el de Dionisos. Contrariamente a lo que ocurre entre nosotros, el dios griego ‘no estaba’, había que llamarlo. Sin embargo, la aparición de Dionisos era más imperiosa y subyugadora que la de cualquier otro dios. “¡Noble toro, ven, señor Dionisos, saltando sobre tus pezuñas!”, clama un coro de mujeres, a sabiendas de que el que habría de aparecer es un monstruo. Además, mientras otros dioses en el momento de pisar sus templos el día de su festividad son invisibles, Dionisos en cambio llega en carne y hueso. Las bacantes délficas y áticas en invierno desde la cima del Parnaso lo despertaban como «niño en la cuna», incitándole a que se levantara y se uniera a ellas en sus orgías (Otto, 1997: 63-65).

Y tan inopinada como su llegada, es su desaparición, que figura incluso en la Ilíada. Perseguido el joven Dionisos y sus nodrizas por el poderoso Licurgo, se refugia en el mar donde lo acoge la diosa Tetis. Las fiestas griegas recordaban este episodio (63). De este modo, ya ven, la Paradura del niño, que se celebra todavía en Venezuela, es una fiesta griega, así como la Pérdida del niño.

Todo intento de explicar el rito independientemente del mito desemboca en especulación. Los novios son el flamen dialis y la flaminica, las devotas de San Juan son Afrodita, las mujeres perseguidas en las fiestas griegas son las frenéticas acompañantes del Dionisos del mito.

Pero en el caso de los ritos y los mitos, las explicaciones son aproximaciones, más nada. Quiero finalizar con un ejemplo que desafía nuestras estructuras mentales y enriquece nuestra noción de arte. Un ritual de expiación y purificación muy extendido en el mundo antiguo prescribe que se conduzca a dos hombres por toda la ciudad, para matarlos luego fuera de sus límites y destruir por completo sus cadáveres. En nuestros días, la interpretación para este espantoso acto no puede ser otra que suponer que los dos hombres son una especie de fármaco que absorbe las impurezas de la ciudad, como unas esponjas que se usan para limpiar y luego se desechan. Otto nos invita a observar la magnificencia del acto originario. El elegido era suavemente azotado con ramas, como para bendecirlo, y conducido entre melodías entonadas por flautas; se le vestía con ropajes sagrados y era adornado con hierbas igualmente sagradas; también le ofrecían alimentos puros a cargo de la comunidad. “La sobrecogedora pompa de esta tragedia —dice Otto (37)— requiere como contrapartida algo monstruoso, una grandeza siniestra a cuya presencia la comunidad respondía con seriedad tan pavorosa”. Y añade:

Como el artista que confiere expresión y lengua al espíritu de un grandioso destino en la imagen aterradora precisamente para librarse él mismo de ella, y para salvar a todos aquellos a los que sobrecoja su obra, también lo monstruoso era conjurado tras convertirse en forma de culto (37).

Enfatizo: el artista confiere expresión a la imagen aterradora para librarse de ella y salvar a aquellos a los que sobrecoja su obra. Una noción de arte tan asombrosa como un dios.

Terminaré esta conferencia como finaliza Otto la introducción de su libro Dionisos. Mito y culto, con palabras de Schelling:

No se trata aquí de cómo habríamos de girar, tornear, reducir o empobrecer el fenómeno para poder explicárnoslo a partir de principios que en su día resolvimos no exceder, sino de saber hacia dónde han de expandirse nuestras ideas para llegar a adecuarse al fenómeno (Philosophie der Mythologie. Citado por Otto, 1997: 41).

OBRAS CITADAS

Heidegger, M. (2005/1982). Parménides. Trad. C. Másmela. Madrid: Akal.
Kerényi, K. (1999a/1970). La religión antigua. Trad. A. Kovacsics y M. León. Barcelona: Herder.
———— (1999b/1951). Los dioses de los griegos. Trad. J. López-Sanz. Caracas: Monte Ávila Editores.
Martín, R. (2005). La muerte como experiencia mistérica. Revista de Ciencias de las Religiones, Madrid: Universidad Complutense, 85-105.
Otto, W. (1997/1933). Dioniso. Mito y culto. Trad. C. García Ohlrich. Madrid: Siruela.